Por definición, la palabra “protocolo” significa un acuerdo entre partes con un
fin determinado y que debe ser respetado por los suscribientes.
De acuerdo con mi visión
particular sobre la conducta animal, he dado en llamar protocolo a las pautas
comunicacionales. En el caso de los perros, el protocolo tiene dos instancias de
generación: la primera, suscrita por la naturaleza y los lobos y la segunda por
la naturaleza, los lobos, la evolución y los humanos.
El protocolo por mí llamado de
primera generación incluye características genotípicas, fenotípicas y
conductuales que se mantuvieron sin cambios durante miles de años. Hasta la
inclusión de los seres humanos en el acuerdo.
En esta segunda instancia, la emoción del encuentro intraespecies da origen a
una clase de conducta adaptativa en el contexto de la evolución. Es así como,
después de un período de adaptación y por espontáneo y mutuo acuerdo de las
partes, se incorporan las nuevas pautas al protocolo para lograr el invariable
objetivo principal: la sobrevivencia de las especies.Una prueba de esto es el
cambio operado por algunos lobos para adaptarse al nuevo nicho ecológico
construido por los humanos primitivos, dando así origen a los perros domésticos.
A partir de la incorporación
del ser humano al protocolo, la evolución de la especie canina no se detuvo.
Profunda es la diferencia fenotípica y conductual entre un lobo y su
descendiente pomerano. Profunda pero no absoluta: a nivel de la estructura del
ADN siguen siendo casi idénticos.
Firmar este “protocolo de
segunda generación” significó para el ser humano un aprendizaje sobre las pautas
ya existentes de funcionamiento entre los otros suscribientes. También implicó
un cambio conductual en ambas especies: los lobos debieron mantener su conducta
cachorril y los humanos tuvieron que deponer la actitud predadora hacia ellos.
El cumplimiento de esta segunda instancia protocolar es más complicado que el
cumplimiento del anterior ya que el ser humano conlleva el ser contradictorio en
la expresión de sus mensajes y muchas veces es proclive a romper los pactos.
Mientras el ser canino es coherente con lo que siente y expresa, siendo en
consecuencia muy protocolar en el momento de interactuar, el ser humano, tan
proclive al doble discurso, suele romper el protocolo y generar conflictos en la
relación. Y esa ruptura puede acarrear consecuencias a veces nefastas.
Imbuidos por una soberbia
indecorosa, los humanos han ignorado por mucho tiempo los protocolos de las
otras especies relegándolas en la escala evolutiva a meros seres a su servicio.
El protocolo comunicacional canino aunque conocido no por eso es siempre
respetado por el ser humano. Entre los perros existen pautas bien definidas para
la comunicación. Son pautas que sirven tanto para la relación entre ellos como
para transmitirle a los humanos sus intenciones. Un ejemplo es el lenguaje
corporal, el lenguaje de los gestos, el más importante al momento de interpretar
un perro el mensaje de un humano, ya que no se presta a la confusión que puede
generar la palabra. Según el protocolo canino, las orejas hacia delante, la
frente y la nariz arrugadas, los labios fruncidos, los dientes visibles, las
patas rígidas, el pelaje erizado y la cola erguida son las pautas del acuerdo
para transmitir que el emisor es un perro muy dominante y seguro de sí mismo y
que amenaza con atacar si es agredido. Ahora bien, cualquier perro respetará
estas señales si quiere mantener su integridad; un humano, que en cambio, ya sea
por ignorancia o por provocación –la soberbia le dice que ningún animal puede
ponerle límites- desconozca el protocolo y, por ejemplo, responda huyendo ante
la visión de semejantes señales, desencadenará el ataque como respuesta canina
ya que, para el pero, acaba de transformarse en una presa que ha regado de
adrenalina el aire. Otro ejemplo es el del lenguaje sónico canino. Siempre y
según el protocolo, un ladrido único, seco, corto y potente de tono medio bajo,
significa –traducido al lenguaje humano- “¡Para ya!”, “¡Atrás!”; es un ladrido
de irritación, de malestar por alguna acción ejercida hacia el perro por algún
ser humano u otro perro. Si la parte humana hace caso omiso al protocolo,
obtendrá una respuesta indeseada y si continúa provocando esa vocalización, lo
más probable es que reciba una lección por romper el protocolo: el perro le
romperá algo al humano en defensa propia.
Existe una larga lista de
ejemplos de esto que he dado en llamar “protocolo comunicacional canino”. Por el
momento mi intención es despertar el deseo de reflexión como suscribientes que
somos del pacto establecido hace ya miles de años entre nuestras especies. Es
importante reflexionar sobre el grado de conocimiento y de respeto que tenemos
del protocolo para lograr una mejor convivencia y una comunicación más
enriquecedora entre los involucrados.
Los perros, animales familiares
muy protocolares, nos enseñan las ventajas de respetar lo pactado, sin
claudicaciones, sin ambigüedades. La ausencia del doble discurso en su
comunicación los preserva de la decadencia y les garantiza el éxito como
especie. Y, ¿no es acaso el respeto canino al pacto lo que los transforma para
nosotros en símbolo de la fidelidad, de la confianza y nos hace decir de ellos
que son nuestros mejores amigos?... Creo que tenemos, una vez más, que aprender
la lección que nos dan los perros, esta vez sobre el respeto a lo pactado. Sólo
si logramos aceptar esto tal vez podamos también nosotros garantizar la
sobrevivencia de nuestra especie.