Tu rol principal ha sido el de madre. Dotada de un muy desarrollado instinto de
seducción, has parido varias camadas de estupendos cachorros, casi siempre hijos
del mismo padre, “Perry Mason”. El fue tu fiel compañero por muchos años y
siempre estuvo a tu lado. Después de los encuentros amorosos te acompañaba hasta
tu casa y cuando nacían los cachorritos te visitaba todos los días. Hasta que
desapareció. Nadie sabe qué pasó con él. Tal vez no toleró la inclusión de otro
perro en la casa donde vivía, tal vez ese vecino adiestrado para matar ejecutó
en él su instinto predador. Perry Mason era rebelde, se hacía respetar y heredó
a más de uno de sus hijos ese temperamento. Y también algo de su aspecto físico,
como el dorado de su pelo que se mezcla con tu color blanco y gris en el manto
de la cría. Los hocicos más grandes son el sello de su paternidad. No se
exactamente cuántas veces has parido, quizás cinco o seis. Lo cierto es que
cuando alguien osaba acercarse a tus cachorritos, lo espantabas con gruñidos
amenazadores y éramos pocos los que podíamos acariciarlos sin recibir una sonora
y dolorosa advertencia.
Un día tuve el privilegio de ser testigo involuntaria de tus amores con Perry
Mason. Estaban al borde de la vereda cuando sucedió. El te lo propuso y vos
aceptaste gustosa: corriste tu cola hacia un lado, él te abrazó apasionadamente
de atrás y comenzó a hacer cachorritos. Después, como siempre ocurre con
ustedes, quedaron cada uno mirando para el lado opuesto y, mientras vos seguías
con el movimiento de tu cabeza cada auto que pasaba por la avenida, él, perdida
su mirada en vaya a saber qué fantasía, esperaba paciente el momento de separase
de vos. Durante ese celo tuyo, no sólo el fiel Perry Mason tuvo el honor de tus
favores sino que otro perro vecino llamado Sulfato también sucumbió a tus
encantos y aportó lo suyo. Fue consecuencia de su intervención el nacimiento de
un cachorrito distinto a los otros, sobre todo en temperamento ya que Sulfato
era más tranquilo que Perry Mason, casi ni ladraba y todo su porte se
correspondía con el vestigio de la ascendencia oriental en su mezclada canicidad.
Esa fue la última vez que diste a luz y lo hiciste un día después de mi
cumpleaños. En casa ya teníamos a Irupé, hija tuya y de Perry Mason. Decidí que
uno de los cachorritos sería mi regalo de cumpleaños. Y así fue. Cuando pariste
el último, ese que era totalmente distinto de los otros, apenas lo liberaste de
la placenta, lo acaricié y sellamos el pacto de adopción. El era ella. La llamé
Mafalda -por el genial personaje de Quino- y es el regalo más valioso que he
recibido para un cumpleaños: es el regalo de la madre Naturaleza a través tuyo,
Luly gran mamá. Mafalda heredó mucho de vos y más de su papá Sulfato, es muy
contemplativa, sumisa y poco ladradora.
Ahora ya sos una perra mayor, has sentado cabeza y, aunque seguís muy seductora,
ya no podés engendrar bellos cachorros. Cuando te visito te tirás al piso y me
mostrás la panza para que te acaricie. Mimarte es un placer. Creo que vos y
Mafalda e Irupé se “huelen” a través de mí y, de alguna manera que los humanos
desconocemos, se reconocen como pertenecientes a la misma manada de origen.
Gracias, Luly. Gracias por haber regalado al mundo tantos cachorros bellos.
Gracias por Irupé y por Mafalda. Como la mayoría de ustedes, has sido una madre
ejemplar y seguirá sin respuesta mi pregunta ¿es verdad que cuando los cachorros
se transforman en perros adultos ustedes no los reconocen como sus crías? ... Mi
experiencia me hace dudar.