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Urgencia Foto y Texto: Graciela Isabel Torrent Bione
La voz de mi
madre en el teléfono traduce la angustia por la situación de Irupé. Dejo todo y
salgo para mi casa presintiendo que algo grave le sucede.
Llego y confirmo mi intuición. Hace una hora que Irupé corre sin sosiego por
toda la casa, se lame desesperadamente la vulva y, por momentos, se sube a mi
cama y se acurruca. Su cuerpito se estremece con un temblor incontrolable. Está
muy enferma.
La consulta con el veterinario es inmediata y el diagnóstico, contundente:
piómetra. Por las características del caso, la única alternativa es la cirugía
urgente. Por primera vez enfrento el lado doloroso del vínculo con estos
queridos animales familiares. Si bien el pronóstico de la intervención es bueno,
no significa que Irupé esté exenta de riesgos. Doy un “sí” que compromete todo
el amor y la responsabilidad que me unen con ella. Mañana a medio día le
practicarán la ovariohisterectomía. Mañana, los bellos cachorros que podría
engendrar Irupé serán para siempre tan sólo una fantasía…
Son las once de la mañana y el veterinario llega a buscarla. He pasado toda la
noche cuidándola y compartir este mal momento con ella ha estrechado nuestro
vínculo. Por pedido expreso del veterinario no iré con ella.. Irupé me mira sin
entender por qué debe entrar en la jaula y separase de mí. La acompaño hasta la
camioneta y me quedo inmóvil mirando como se aleja. Siento que una energía
invisible nos abarca y nos une. Una energía que se expande sin fisurarse.
Una hora que Irupé ha partido. Su ausencia crece minuto a minuto. Mafalda
recorre en silencio los sitios donde cada día comparte con ella. Hoy no insiste
con sus reclamos para jugar con el frisbee. En un silencio que la abarca toda,
se sienta en la silla frente a mí, se hace una rosquita peluda y mira,
nostálgica, hacia algún recuerdo cálido… Irupé no está. Y no está en cada
pequeño detalle, en cada ladrido ausente, en cada lamida intempestiva que no
llega … No está. Y nosotros tampoco estamos del todo aquí, una parte nuestra
está allá con ella, acompañándola y protegiéndola con la energía invisible pero
real de nuestro amor. Mafalda no tiene ganas de ladrar y yo no tengo ganas de
hablar. La ausencia de Irupé es un silencio que lo abarca todo.
Suena el teléfono. Han pasado casi tres horas cuando en la voz del veterinario
recibo la noticia tan esperada: ¡Irupé fue operada con éxito y está
reponiéndose!. Por segunda vez, mi reverenciada Madre Naturaleza me hace un
regalo. Apenas unas horas más y la armonía familiar estará restaurada. Las
lágrimas ahora son sonrisas y el silencio de Mafalda se transforma en su
conocido reclamo para jugar con el frisbee.
No puedo explicarlo ni desde la razón ni desde la lógica pero se que Irupé –tal
vez por eso de los “campos mórficos”, algo así como una banda elástica que se
extiende para unir a los miembros pertenecientes a un mismo grupo- sintió todo
el amor y la energía que pusimos para que superara con éxito su operación. Y sí,
para nosotros, los perros son nuestros animales familiares. La relación entre
especies trasciende la intelectualización que podemos hacer de ella.
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